Duele… pero hay que decir más.

Son pocos los padres y las madres de los niños y niñas “Pedro Pan” que quedan vivos. Ayer justamente hablaba con mi amigo Mario Bencomo -entre los mejores artistas plásticos de mi generación- un John o Michael de los que llegó solito a España. Mario me confesó que él sí se identificó con el niño gigante de bronce instalado frente a la Torre de la Libertad. “El sufrimiento que representa” me aclaró, “lo viví yo en las calles de Madrid, con mi maletica cuadrada a cuestas”. Mario me anima: “Has suscitado el debate…”  La anciana madre de Mario vive aún. “Habla sobre esto con ella, amigo mío” le dije anoche. “Que no se quede su historia sin contar”.

Otros comentarios -por email y en este mismo espacio- me llegaron de Wendys y de otras amigas cuyo exilio no comenzó via un vuelo al País de Nunca Jamás. Las reacciones de ellas al blog de ayer indican que las cubanas que hoy vestimos canas coincidimos en que el niño gigante no representa la experiencia integral de Pedro Pan. Pero recibí  un comentario de mi compañera de orfelinato, Elvira Surós, que expresa un sentir que no se toca muy a menudo: que los verdaderos héroes de Pedro Pan fueron las madres y los padres que pusieron a sus hijos e hijas en el avión hacia un lugar más seguro, lejos de los peligros revolucionarios.

¡Inocentes, nuestros pobres padres!  De eso casi no se ha hablado. Mi amiga, la sicóloga Margarita García, de la Universidad de Montclair en New Jersey, inició hace unos años un estudio para documentar la vivencia de padres y madres Pedro Pan. No logró muchas entrevistas, ni las mínimas necesarias. Recuerdo bien su desencanto.  El silencio de tantos cubanos y cubanas nos hace pensar que dolía demasiado abordar este episodio desde la experiencia de quienes tomaron la difícil decisión de lanzar a sus hijos e hijas hacia un incógnito de duración impredecible.  Pero, ¿era ese “incógnito” para ellos un espacio desconocido como tal?

Mis padres, para poner un ejemplo, jamás hablaron del asunto. Sí recuerdo perfectamente los gritos de mi madre cuando al fin supo mi paradero, tres semanas después de mi partida. Fue por teléfono. Para ese entonces, yo estaba recién llegada al orfelinato Queen of Heaven, en Denver, Colorado. ¿Orfelinato?  ¿ORFELINATO? ¿Y dónde estaban las monjas dominicas que debieron haberme recibido en el aeropuerto y a cuyos colegios privados debía ser enviada? A mi madre le dio un colapso nervioso en La Habana mientras esperaba una visa de tránsito por México que pudiera reunificarnos del lado de acá. Había desterrado a su hija a la beneficiencia católica norteamericana, a un orfelinato, en casa del mismísimo carajo. ¿Qué pasaría si no la veía más?

Jamás se mencionó la palabra “orfelinato” en La Habana circa 1961. Jamás se mencionó “familias adoptivas” ni mucho menos “reformatorios”. Jamás se habló de Iowa o Kentucky, de Nebraska o Albuquerque. Jamás se pensó en un exilio permanente. Aunque el reciente acercamiento a varias compañeras de primaria, compañeras de las Dominicas, que también son Wendys y fueron desperdigadas por todo el país, confirma la experiencia paralela y común, hablo aquí por mi propia experiencia solamente: mis padres me enviaron a Estados Unidos confiados en que seguiría bajo la tutela de las monjas dominicas americanas.  ¿Cómo fuimos a parar -yo y miles de adolescentes cubanos más- al sistema de orfelinatos y foster homes que en aquel momento ya estaba en quiebra?  ¿Fuimos los 14,048 Michaels, Johns y Wendys la tabla de salvación financiera de esas instituciones decrépitas durante los cinco o seis años adicionales que se mantuvieron abiertas?

Esa fue la gran ignominia de la Operación Pedro Pan. ¡Qué conspiración de la CIA ni qué ocho cuartos! Lo imperdonable es que los organizadores y coordinadores de Pedro Pan en La Habana le mintieran a más de 20,000 madres y padres sobre los destinos reales de sus adorados hijos.  ¿Quién y dónde comenzó la mentira? Dos años después de llegar a Estados Unidos, mi madre sufrió un segundo colapso nervioso. Mi madre, toda una doctora en pedagogía, abnegada educadora, sargento de caballería hogareño y roble de la familia, lloraba inconsolable sentada en la tapa del inodoro suplicando que no la enviaran a la escuela. “Por favor, no me obliguen a ir a esa escuela….” Mi pobre padre pensaba en la escuela en Brooklyn para alumnos con problemas de disciplina, donde habían contratado a mima para enseñar español. No, no era ésa la escuela de su desvarío… ni la número 8 de Guanabacoa que había sido su cantera hasta 1960. Era la asociación de su única hija en un orfelinato lo que le había robado su ecuanimidad.

¡Maldición a los que mintieron, a los que escondieron las verdades! ¡Maldición, aunque muchos de nosotros hayamos triunfado! ¡Maldición, aunque hayamos escapado del comunismo! Mi amiga Elvira tiene razón: ¡Es a nuestros padres y a nuestras madres a quien hay que eregir un monumento gigante frente a la Torre de la Libertad!

Published in: on November 14, 2012 at 7:16 am  Comments (2)  

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2 CommentsLeave a comment

  1. Es una gran historia, los padres fueron engañados y aun hay que hablar de los que nunca pudieron despues salir de Cuba por X circunstancias y reunirse con sus hijos.

  2. En la película, Rosa y el ajusticiador del canalla, hay un Pedro Pan, franco tirador, que se la quiere arrancar al tiranosauro que está de visita en las Naciones Unidas. Cuando se estrenó el film, recibimos dos o tres cartas insultantes, preguntandonos por qué el protagonista tenía que ser un Pedro Pan. Luego se conviertieron en franco tiradores desde el periodico Granma. Pero aún estamos sin entender.


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